El que la acción política emancipatoria tenga en cuenta el aspecto subjetivo de la ciudadanía le podrá permitir orientar de un modo más lúcido su propia práctica.
La marcha de Podemos del 31 de enero de
2015 fue una concentración civil para decir a los amos que gobiernan
que su tiempo se está acercando sin remedio a su final.

Joaquín Caretti*
En la primera página de Psicología de las masas y análisis del yo
publicado en 1921, Sigmund Freud hizo una afirmación esencial: “La
oposición entre psicología individual y psicología social o de las
masas, que a primera vista quizá nos parezca muy sustancial, pierde
buena parte de su nitidez si se la considera más a fondo”. Confirmando
un poco más adelante: “(…) la psicología individual es simultáneamente
psicología social.” Años después Jacques Lacan lo diría de la siguiente
manera:
“El inconsciente es la política”, señalando que hay una íntima
ligazón entre la política y la subjetividad.
Es
lícito interrogarse sobre la importancia que puedan tener estas dos
afirmaciones para la política, donde la identificación de las masas con
el amo encarnado o con un ideal tiene un carácter fundamental para
obtener el apoyo electoral. Y aún más central es preguntarse sobre el
valor que tendría para un proyecto emancipatorio saber de qué está hecho
un sujeto, ya que es difícil pensar que es posible la emancipación de
una tiranía sin que algo modifique la subjetividad de los ciudadanos.
Dicha emancipación, que es para todos, afectará, de algún modo, la forma
singular de estar en el mundo -lo que llamamos el síntoma del sujeto- y
permitirá encontrar unas vías de expresión menos sufrientes.
Étienne de La Boétie proporciona un excelente ejemplo de
por qué es imprescindible detenerse en la estructura del sujeto para
pensar cualquier proyecto que pretenda transformar la realidad política.
En el siglo XVI escribe su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra uno
y señala con claridad una de las mayores dificultades de cualquier
política emancipatoria: “(…) ver a un millón de hombres servir
miserablemente, con el cuello bajo el yugo, no forzados por una fuerza
mayor, sino de algún modo (eso parece) como encantados y fascinados por
el sólo nombre de uno, del que no deben ni temer su poder, pues está
solo, ni amar sus cualidades, pues es con ellos inhumano y salvaje.”
Nada confirma que los hombres quieran liberarse necesariamente de sus
cadenas sino que, por el contrario, se percibe que muchos de entre ellos
quieren permanecer atados. Por eso, la idea de que hay una clase
objetivamente predestinada a la revolución por el lugar que ocupa en
relación a los medios de producción no resiste ningún análisis. Dicha
clase la integrarían individuos que podrían no querer ser liberados.
Sujetos que paradójicamente preferirían seguir en una sumisión
voluntaria, dispuestos a intercambiar libertad por seguridad, cuestión
esta muy actual, como se pudo apreciar en la manifestación parisina por
los atentados a Charlie Hebdo donde se vitoreó a la policía y se marchó
junto a líderes que someten a sus pueblos al austericidio. Incluso están
los que dicen que quieren libertad pero trabajan realmente en la
dirección contraria, por ejemplo, cuando continúan votando a partidos
que toman medidas que afectan negativamente a sus intereses.
Dos palabras usa La Boétie para describir la posición subjetiva de los
hombres con relación al amo: encantados y fascinados. Desvela así que en
la subjetividad puede operar un goce que deviene de estar en una
posición de servidumbre. El ciudadano pudiendo ser libre, sin embargo,
encuentra una satisfacción en la sumisión al nombre del Uno, es decir, a
un hombre o a una idea. Rechaza la libertad. Y, aún más: “Es el pueblo
el que se subyuga, el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser
siervo o ser libre, abandona su independencia y se unce el yugo; el que
consiente su mal o, más bien, lo busca con denuedo”.
¿Puede nuestro pensamiento aceptar esto? ¿Cuál sería el beneficio que el
sujeto obtendría de una posición de sumisión a un nombre, es decir a un
significante que se transforma en amo de uno mismo? ¿Cómo puede ser que
el sujeto consienta en su mal, que lo busque, que trabaje en contra de
sí mismo?
Desde la revelación freudiana del
inconsciente sabemos que el sujeto tiene una herida, una división de su
subjetividad que no le permite sostener una identidad consolidada
consigo mismo. Hay un Otro interior que agita la vida y el cuerpo de los
hombres con sueños, fantasías, sufrimientos, actos involuntarios,
identificaciones, pulsiones, deseos y síntomas que muestran, de este
modo, su desamparo existencial.Es Otro al que estamos sujetados tanto
como lo estamos al lenguaje. Es un amo interior del cual el sujeto no
quiere saber nada y pretende disfrazarlo bajo el manto de un
sojuzgamiento que vendría del exterior, formulado como “es el otro el
que me impide, es el otro el que no me deja”,aserto que lo
desresponsabiliza de los hechos de su existencia. Por consiguiente,
cualquier proyecto político emancipatorio debe tomar en cuenta esta
fractura subjetiva y sus consecuencias sintomáticas.
Sabemos que es a causa de este hiato subjetivo que las palabras que
vienen del Otro le darán un poco de consistencia al sujeto. Son
palabras-amo que ordenarán la precariedad y el desamparo en el que se
nace. Es a partir de esta herida que podríamos pensar la función que el
amo tiene y el goce que puede provocar que un Otro -exterior al sujeto-
ordene el mundo, aún a costa de una posición de servidumbre. Esta es la
paradoja: por un lado el Otro sojuzga y por el otro, al donarle
palabras que lo nombran, le da al sujeto un ser en el mundo. La
servidumbre voluntaria es así una consecuencia lógica de la estructura
subjetiva que se orienta mejor con un amo que con una libertad de la
cual no quiere saber nada. Dicha libertad implica el encuentro con una
imposibilidad real, la cual limita cualquier ilusión de alcanzar una
felicidad total. Es sólo a partir de la aceptación de un límite, un “yo
soy eso” y de vislumbrar que es posible una relación diferente con el
Otro interior que el sujeto puede salir de la servidumbre para
permitirse recorrer el camino de su emancipación. Su libertad pasaría
entonces por un querer lo que desea y un saber hacer con el desamparo.
El que la acción política emancipatoria tenga en cuenta el aspecto
subjetivo de la ciudadanía y el de sus dirigentes le podrá permitir
orientar de un modo más lúcido su propia práctica, abandonando las
ilusiones puestas en la creencia de un impulso innato a la libertad. Le
permitirá incluir en su reflexión la posibilidad de inventar formas
donde pueda expresarse la subjetividad hendida de cada uno; es más,
podrá buscar que esta se manifieste como garantía de que lo que se
construya se haga bajo la orientación del deseo y no sobre la base de
las identificaciones que esclavizan o del narcisismo que enceguece.
Podrá con su propio accionar facilitar el abandono de las cadenas sin
instaurar unas nuevas, ya que no se tratará de pasar de un amo a otro ni
de impulsar la idea del sacrificio, tal como ha sucedido en la historia
de los movimientos emancipatorios. De este otro modo se podría trabajar
en la construcción política de una comunidad, que incluyendo el deseo
del sujeto, se alejaría sustancialmente de los fenómenos de masas. Claro
está que para que esto tenga lugar tienen que quererlo, y también
hacerlo propio, la política y sus líderes.
La marcha
de Podemos del 31 de enero de 2015 es, a mi entender, un ejemplo de que
otra manera de hacer política es posible. Su característica principal y
de algún modo inédita, fue la de no reclamar nada, no demandar ninguna
cuestión al poder, no protestar, no quejarse. Se trató de una
concentración civil para decir a los amos que gobiernan que su tiempo se
está acercando sin remedio a su final y que se avizora el momento de un
cambio. Eso se plasmó sin duda allí, donde una multitud de ciudadanos
refrendaron con su presencia activa su decisión de que es factible
hacerse con el gobierno, de que es factible construir otro país. Esa
concentración manifestó el anhelo social de conseguir otra forma de
convivencia que no consista en la aceptación pasiva de medidas siempre
contrarias al pueblo y ha resultado una muestra -ciertamente contingente
y sin garantías- de desaparición de la servidumbre voluntaria. En ella
se erigió un deseo, común y singular a la vez, que puso en evidencia la
inscripción subjetiva en un proyecto anudado a la historia de España
que pretende construirse con la participación de cada uno de los
ciudadanos.
*Psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

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