La banalización del mal
La tragedia desatada en una fiesta rave en Costa
Salguero desnuda la hipocresía de una sociedad que, por un lado, prohíbe
los estupefacientes y, por el otro, disimula lo que todos saben: que en
este tipo de fiestas la droga circula con total libertad. Un entramado
que involucra a toda la sociedad y no sólo a la víctima que consume.
En las
últimas horas en la guardia del Hospital Fernández varios pacientes en
grave estado cursan un cuadro caracterizado por hipertermia,
hipertensión arterial, deshidratación, fallas renales severas, arritmias
cardíacas y deterioro del sensorio. Están intoxicados. Algunos de estos
jóvenes han muerto y otros están seriamente comprometidos. Mientras
escribo esta ficha, el domingo 17 de abril del 2016, una noticia
impactante recorre todos los
medios de comunicación nacionales e
internacionales; en la fiesta electrónica Time Warp que se realizó en el
complejo Costa Salguero, una cantidad aún no establecida de personas se
intoxicaron (con una droga aún no definida pero que posiblemente sea
éxtasis), cinco personas murieron y otras cuatro están internadas en
este momento. En la vorágine del minuto a minuto y del consumo de bienes
masivos en la que vivimos, esta noticia pasará a segundo plano en pocos
días. Así es el negocio de los medios de comunicación, mantener vivo al
espectador, que no se aburra y que consuma el producto. Un caso o una
situación es dramática y masiva y aparecerá en todos los medios por
muchos minutos hasta saturar la pantalla y simplemente desaparecerá
reemplazada por una imagen o secuencia más atractiva. Pero necesitamos
hacernos algunas preguntas, reflexionar, no permitir que este tipo de
situaciones pasen de largo. Uno de los mayores logros de un tratamiento
psicoterapéutico es la posibilidad de desarrollar nuestra capacidad de
escandalizarnos frente a las injusticias, las asimetrías y ante aquello
que nos subleva; salir de la situación de impotencia y hacer algo con
todo ese enojo. Escandalizarnos es terapéutico, gritar fuerte que hay
cosas que nos horrorizan, que nos perturban, que nos molestan, que no
estamos dispuestos a aceptar. Un hecho dramático, que se puede llevar
incluso más vidas en las próximas horas, nos une para reflexionar sobre
nuestra propia vida y sobre la realidad social en la que vivimos.
El sistema hipócrita
Estamos viviendo en un clima social en donde existen infinitos
ámbitos de consumo de sustancias, siendo el abuso de alcohol el problema
número uno en términos de salud pública, ya sea por las enfermedades
médicas que genera, o por las situaciones de violencia que favorece, así
como los accidentes de tránsito. El alcohol es quizá la sustancia de
mayor difusión en términos de propaganda y aceptación social, desde la
mañana hasta la noche los medios gráficos y audiovisuales inundan con
lemas sugerentes y atractivas propuestas en las que tomar es ser
“distinto al rebaño”; “ser parte”; “ el sabor del encuentro”,etc. Una de
las drogas más destructivas es una sustancia aceptada, difundida, bien
recibida. En el marco de la experiencia terapéutica, para muchos
pacientes el alcohol no es una droga, de hecho algunos interpretan que
pueden tomar alcohol sin que eso les genere un riesgo significativo ni
les cause un problema en términos de riesgo de recaída. Esos pacientes,
equivocados en ese razonamiento, reproducen el discurso del mercado
publicitario: –”El alcohol no es un problema, se puede controlar y el
consumo puede ser ‘responsable’”, término de lo más original que emplean
en los últimos años las empresas para intentar mostrar algún nivel de
preocupación sobre la epidemia social de abuso de alcohol. El sistema
operativo empresarialnarcotráficopolíticojurídicopolicialpublicita
riocliente, se va agrandando cada día, se nutre recíprocamente con el
dinero de las dádivas, de los arreglos ocultos, de la ilegalidad y de
indiferencia civil, por miedo, por impotencia o por ignorancia. Sobra el
dinero para estas acciones (difundir y vender drogas legales o
ilegales) y sobra demanda, toda una generación está en consumo.
Una generación en consumo
Es una generación que se juega la cabeza, que “vuela” por algunas
horas para luego caer en la apatía, el aburrimiento, la falta de
proyectos, esa “falta de proyectos” que poco tiene que ver con la falta
de dinero, sino con un vacío que toda persona puede sentir. El último
informe elaborado por el Observatorio Argentino de Drogas de la
Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la
Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), daba cuenta de una tendencia
alarmante en la magnitud del consumo de éxtasis entre jóvenes de 14 a 17
años durante el período 20012011. En diez años, la prevalencia de uso
durante la vida pasó del 0,2 por ciento al 2,1 por ciento, un aumento de
casi mil por ciento. La Sedronar en su encuesta realizada en el año
2014, el consumo de drogas sintéticas entre estudiantes porteños trepó
al 2.4 por ciento, y si se analiza la población etaria de estudiantes
mayores a 17 años, alcanzó en esa encuesta el 5 por ciento. Algunas de
estas personas seguirán el derrotero doloroso del paciente “adicto” pero
todos estarán involucrados y lastimados por el consumo, incluso sea
esporádico o “recreacional”. El sistema es hipócrita porque por un lado
persigue penalmente a los tenedores de sustancias (vigencia de la Ley de
estupefacientes 23.737; 1989) y por el otro permite la venta masiva de
drogas ilegales en el ámbito específico de las fiestas electrónicas. No
hay que ser agente del contraespionaje para saber que son ámbitos de
consumo alienado y masivo. Esto no niega que tengan valor cultural,
social o festivo, pero vienen de la mano del consumo indiscriminado; y
se espera que en los próximos años sean las drogas de diseño las que se
lleven el primer puesto en términos de epidemiología de drogas de abuso.
Es socialmente conocido que en estas fiestas se consumen “drogas de
diseño”; sobran artículos, crónicas periodísticas en primera persona y
reportes médicos de intoxicaciones severas y de muertes (porque estas no
son las primeras). Pero las fiestas son un suceso (local y mundial) y
convocan a miles de personas en cada evento, se escucha buena música y
tienen importancia cultural y económica. ¿Sería una solución prohibir
las fiestas? La mirada represiva sobre las conductas de abuso no ha
resultado particularmente fructífera, de hecho hay casi una relación
inversamente proporcional entre la punición de conductas de abuso y la
prevalencia del uso. Al mismo tiempo, ¿es posible dejar las cosas así
cómo están?
La visión “hiperespecializada” no sirve
En este tipo de situaciones de consumo social y masivo, la
toxicología, la psiquiatría y la psicología como especialidades se
quedan miopes y se requiere una visión sociopolítica y antropológica,
porque no estamos frente a una adicción de un sujeto en particular, sino
a un hecho social con aristas económicas, políticas, médicas y otras
tantas. No alcanza la lógica de una disciplina para entender lo que
pasa. Es probable que los propios consumidores, los que van a las
fiestas sin consumir esas drogas, quienes las organizan y todos los
eslabones que participan en estos eventos conozcan el problema de
primera mano. Aquellos que organizan estos eventos plantean el tema como
una ecuación económica y saben perfectamente que el consumo de
sustancias forma parte del combo festivo que organizan, sean ellos o no
parte del sistema de venta. Se aseguran que haya agua mineral, tienen
los teléfonos a mano de SAME, saben reconocer las intoxicaciones e
incluso algunos de estos empresarios contratan a médicos para tratar los
primeros síntomas de intoxicación en las fiestas y dar los primeros
auxilios en caso que se produzca alguna situación compleja. Así de
perverso es el sistema, se organiza una fiesta donde se sabe que se
venderán en forma masiva drogas de diseño (que cada año son distintas,
con nuevos nombres, modificaciones moleculares, y efectos distintos), se
comercializa la hidratación (como una fuente central de ingresos) y se
contratan servicios médicos para ayudar a las personas intoxicadas.
La banalización del mal
La expresión “banalidad del mal” fue acuñada por Hannah Arendt a
propósito de su estudio sobre Adolf Eichmann (jerarca nazi que vivió en
la Argentina, responsable del diseño de la “solución final” para matar a
millones de judíos en la segunda guerra mundial.) La tesis de Arendt es
que Eichmann es el prototipo de persona que, no siendo un monstruo
(aunque si culpable), es una especie de técnico burócrata administrativo
que toma una serie de decisiones encadenadas cuyo desenlace final es un
acto monstruoso. Son decisiones técnicas, sin pasión, diseñadas y
cumplidas para satisfacer objetivos parciales en forma plena, que
involucran a varias personas, donde cada una es responsable de una de
ellas. Cada uno cumple con un deber específico y se diluye por un lado
la responsabilidad individual de cada uno así como la percepción del
producto final. Eichmann, uno de los más grandes ingenieros de la mayor
masacre humana de la historia, estuvo bastante convencido hasta el
momento final que él había cumplido ordenes, que era un trabajador
eficiente y ordenado y que no deseaba específicamente el mal de nadie.
Según Arendt, estos actos de Eichmann no fueron realizados porque el
estuviese cargado de una inmensa capacidad de crueldad, sino más bien
por ser un burócrata dentro de un sistema basado en los actos de
exterminio. La “banalización del mal” es una expresión que señala que
algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que
pertenecen sin reflexionar sobre sus actos ni se preocupan por las
consecuencias. Vivimos en un sistema que “banaliza el mal”, porque
frente a una tragedia social, cada sector da las explicaciones del caso
para salvar su pellejo pero finalmente nada cambia o incluso empeora
progresivamente. No se trata de encontrar grandes malvados o
responsables únicos, se trata de escandalizarnos, de no banalizar la
tragedia social que se está viviendo y que afecta en particular a
personas menores de 25 años, que mueren o dañan sus vidas frente a la
indiferencia y complicidad del resto de la sociedad.
La muerte de estos jóvenes es la punta del iceberg
Esta noticia seguramente pasará al olvido así como pasan al olvido,
excepto para sus familias, las víctimas de boliches que se han
incendiado, como Cromañon, o los jóvenes que mueren dentro o a la salida
de cada fiesta. Estas víctimas con nombre y apellido son el sedimento
de una problemática social dramática que ocurre todos los días. Lo
notable es que no existan más muertes todos los días. A diario las
guardias de los hospitales están repletas de cuadros de intoxicación con
sustancias y alcohol, pero son más o menos transparentes frente a la
opinión pública. Las víctimas mortales (y sobre todo cuando se trata de
personas con poder adquisitivo) acaparan la atención por unos días.
Sobrarán opiniones: diarios, revistas, televisión, especialistas de
drogas. Estamos frente a un sistema aceitado con componentes bien
lubricados: un clima social permisivo al uso de sustancias, una
generación de jóvenes a la búsqueda de nuevas sensaciones, descreída de
todo y de todos (muchas veces también de su propia familia), campañas de
prensa feroces y creativas (muchas veces diseñadas por jóvenes
brillantes) que calan profundo, un escenario atractivo y convocante (las
fiestas), propagandas con recursos financieros enormes, una actitud
bipolar de las autoridades que oscila entre la persecución penal a quien
posee sustancias para uso personal, hasta la indiferencia más notable,
donde permite que todo ocurra y que “cada uno se salve” o que se salve
“el más fuerte”, porque esa es la ley de la calle. El local estaba
“habilitado” por el Gobierno de la Ciudad: había electricidad, metros
cuadrados, plan de evacuación, luces de emergencia, etc. Todo listo para
una nueva tragedia. Aquello que se “habilita” es la misma maquinaria de
consumo, no se trata de ventanas, grupos electrónicos o aires
acondicionados. Todo el mundo sabe que un porcentaje mayoritario va a
consumir drogas de diseño y aquellos que van a la fiesta solo a
“divertirse”, a “pasar un rato escuchando buena música”, al menos dejen
pasar unos días para dar su testimonio a favor de este tipo de fiestas.
Han muerto cinco personas y otras tantas están en riesgo de vida. No
está mal que focalicemos en la tragedia que acaba de ocurrir.
La maquinaria de consumo
Apelar a la “responsabilidad individual” es obsceno porque estamos
hablando de personas que muchas veces ni siquiera saben lo que toman,
porque existe lo que se denomina “presión social” en relación al
consumo, porque existe un imaginario colectivo que indica que en estas
fiestas se toma éxtasis (como ejemplo paradigmático) y ese contexto
forma parte de la invitación o la propuesta. No estará escrito en la
entrada, nadie lo dirá explícitamente, pero todos lo saben y aceptan. Es
una arista del negocio. Un porcentaje importante (difícil de
determinar) de personas asisten a la fiesta con la idea de escuchar
música, bailar y estar bajo el efecto de estas sustancias. No todas las
personas van a consumir por supuesto, estamos hablando de un porcentaje
de las personas que asisten, pero lo suficientemente significativo para
que en una noche mueran cinco al mismo tiempo y otros tantos estén en
grave estado. Toda maquinaria de consumo arrasa a subgrupos, no es
uniforme, algunas personas tienen más herramientas que otras para decir
NO. Pero esto no niega la existencia de una maquinaria de consumo que
está devastando la vida de una generación. Es importante aclarar que no
estamos hablando sólo de las fiestas electrónicas (quizá la maquinaria
más pulida en términos de aquellos que llamamos “maquinaria de
consumo”), sino de la “fiesta” como hecho social actual en donde el
nivel de consumo es gigante de todo tipo de drogas y chicos de 15 años
se descerebran con alcohol en principio y con el resto de las drogas,
estiradas y contaminadas con nadie sabe qué otras sustancias. Es una
maquinaria, un dispositivo del mercado, es una herramienta de
aniquilación social disfrazada de disfrute y es un gran negocio. Una
radiografía sobre los engranajes de la maquinaria de consumo: legiones
menores de 30 años en su mayoría danzando frenéticamente por períodos de
tiempo que promedian las 8 a 12 horas sin parar, deshidratados, en un
porcentaje mayoritario en consumo; se requiere mucho dinero para ser
parte de la experiencia (el gasto final de una noche promedio es
impresionante); incluso en forma contraria al folklore popular de que
las drogas de diseño no deben mezclarse con alcohol, muchos jóvenes
simplemente lo hacen; la estratégica hidratación es un negocio clave:
los testimonios de la fiesta señalan desde que no había agua hasta que
las personas de seguridad prohibían la recarga en botellas, obligando al
público a comprar botellas en la barra. El agua que se vendía además no
era mineral sino filtrada, o sea de la canilla; los usuarios de drogas
de diseño de estas fiestas no saben lo que están tomando ni el perfil
tóxico de la droga; la noche de ingesta de drogas de diseño termina en
muchos casos (sino todos) con la toma de psicofármacos, ansiolíticos o
antidepresivos; la población de usuarios es cada vez más joven, de hecho
uno de los internados hoy en día tiene 17 años; el “ambiente”
condiciona el consumo: no solo desde el punto de vista toxicológico (al
aumentar el calor y la sed por ser un lugar cerrado y con miles de
personas), sino también porque la propuesta escénica, el ámbito y los
distintos ceremoniales están articulados con el hecho de consumir
sustancias. Esto lo saben de memoria las personas que se dedican al
marketing: el ambiente condiciona el consumo; si bien hay pastillas
importadas y locales, en el calor de la noche “los chicos toman
cualquier cosa”; en la fiesta la venta de sustancias es libre, sin
reservas, decenas de dealers ofrecen sus productos a la vista de todos,
es un espacio amigable avalado directa o indirectamente por la
organización; aquellos que proponen la “reducción de daños”
(profesionales y asociaciones) y que han llevado a cabo en el pasado
intervenciones en muchas fiestas (alertando y concientizando sobre el
uso de las drogas), no encuentran lugar en estos eventos porque
implicaría para los organizadores reconocer que allí se usa sustancias.
Nadie explica, los dealers venden, nadie sabe lo que toma, la música
sigue y uno tras otros se van cayendo al piso. The show must go on (el
show debe continuar); el rol de los padres esta desdibujado, padres
“anestesiados”, impotentes y confusos que avalan en silencio y con una
tolerancia hueca aquello que está destruyendo la vida de sus hijos.
Frente a la tragedia social del consumo
Distintos actores tienen responsabilidad en diverso grado; las
autoridades políticas y sanitarias, los empresarios “de la noche”, los
medios de difusión y sus campañas de prensa y también las familias. Que
mezcla horrorosa: una sociedad rota en sus lazos vinculares, generación
que abraza abiertamente el uso de sustancias en un uso de las mismas
singular: quizá no sea dependencia, tampoco es experimental, tampoco
recreativo..... es un uso sistemático, ligado a muchos contextos y que
provoca deterioro pero que no es fácil de describir desde la perspectiva
médica o psicológica. Es un uso “social” pero no entendido por eso el
uso esporádico, sino que es el uso de una sustancia en un escenario
social específico y para usos sociales. Esta maquinaria de locura,
descontrol y alienación debe ser problematizada en forma simultánea
desde distintos frentes. No podemos señalar a ningún culpable, no
podemos resolver el problema solos, ni siquiera se trata de un hecho
médico que se va a resolver “con el tratamiento adecuado”. Pero que el
problema sea complejo no significa que miremos como sociedad para otro
lado y que el juego de autoeliminación social continúe.
Los dos frentes
Entonces, por un lado tenemos la maquinaria de exterminio del consumo
y, por el otro, una población a la búsqueda de sensaciones y con la
triste omnipotencia de “que nada les pasará”. Es más, en las redes
sociales en este mismo momento hay muchas personas que van a estas
fiestas señalando con mayor o menor sarcasmo que los chicos que se
murieron eran “consumidores torpes” que no sabían tomar. También la
mujer violada tiene la culpa de la violación porque tenía una pollera
“demasiado corta”. Detenernos en la responsabilidad individual es
quedarnos con la víctima que ya ni siquiera se puede defender. No,
existe la maquinaria de consumo y esta se seguirá llevando vidas en
términos literales y arruinando masivamente otras, porque el uso de
sustancias arruina vidas a corto y sobre todo a largo plazo. Uno de los
mayores enigmas y conflictos que tenemos aquellos que atendemos a
pacientes en consumo es la falta de registro (genuina) que tienen ellos
mismos sobre su condición. Para evitar una tonta polémica, me refiero
incluso a cuadros con adicciones crónicas graves, en donde la persona
adicta no llega a entender la dimensión de su problema y hasta se
sorprende por la preocupación de los demás. Estamos hablando de un
problema cognitivo que los neurólogos llaman anosognosia, o la falta de
registro de un déficit o una enfermedad que el paciente tiene. Uno de
los principales síntomas mentales que tiene un paciente con uso
problemático de sustancias es su falta de percepción de la gravedad de
su consumo. ¿A este usuario de drogas le vamos a pedir que se cuide?;
¿que él ponga el límite de cuándo parar?; ¿que sepa distinguir qué droga
puede o no tomar o cómo debe cuidarse?; ¿a esta persona en el caso de
las fiestas rave le vamos a pedir que después de bailar por 8 a 10
horas, este lucido para distinguir signos de toxicidad y pida ayuda
médica? La sociedad está matando a estas personas. Por acción, por
omisión, los está matando.
La anosognosia
La del usuario de drogas se complementa con la anosognocia social.
Esto sucede porque no registramos nuestro déficit. Actuamos
compulsivamente con angustia y horror y esta misma noche estaremos
mirando el resumen de goles de la fecha y armando nuestra agenda de
prioridades para esta semana. Distinto será el panorama familiar en las
familias que acaban de perder a un hijo, destrozadas, en silencio, con
gritos, sabrán de qué se trata la banalización del mal. Sabrán que no
estoy exagerando, que vivimos una tragedia donde muchos sonríen y
disfrutan de la banda de música que sigue tocando.
Es la banda del Titanic y el agua asoma.

Por Federico Pavlovsky / Médico psiquiatra, Dispositivo Córdoba. Dispositivo de adicciones.
fuente Pagina12 Jueves, 21 de abril de 2016
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